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Fernando De La Rua: Isabelito
por José Pablo Feinmann

No fue lo mismo. Pero tuvo muchas desdichadas coincidencias. Desde los tiempos de Isabelita Perón, jamás un "entorno" entornó tanto a un Presidente como el entorno de De la Rúa lo hizo con este desangelado Presidente a quien el humor popular bautizó Luis XXXII, porque era el doble de boludo que Luis XVI. Difícil saber si lo era, pero jamás se lo vio ni inteligente ni dueño de sus actos. Digamos: de la iniciativa de los mismos.
Isabelita lo tuvo a Lastiri a López Rega, a Norma López Rega y a Pedro Eladio Vázquez. Todos los políticos decían que no se podía hablar con ella porque ella no escuchaba, sólo escuchaba a su entorno. Lo mismo Isabelito: sólo escuchó a su entorno.

Cuando se le decía "autista" se le decía algo cierto. Era "autista" porque no se abría hacia la opinión de los demás. Pero no era "autista" con los suyos. De la Rúa ha sido un patético ejemplo de ineptitud y de una extrema inseguridad que buscó su superación desde el marco íntimo del hogar. Con De la Rúa han renunciado De Santibañes, Nosiglia y el inefable "grupo familiar": Antonito, Aíto y Doña Inés, la de los pesebres.

Sus "asesores de imagen" fueron quienes lo destruyeron. Pero lo hizo él mismo, ya que fue él quien se entregó a los asesores de imagen. Herederos de Juancito Duarte (que, al menos, se pegó un digno tiro en la cabeza) y de los Yoma, los "íntimos" de De la Rúa creyeron que el Poder era para ellos. Y que ellos iban a gobernar a través del "viejo". Así, en medio del primer ajuste feroz del "viejo", el joven asesor de imagen Antonito iniciaba su romance con la bailarina umbilical y exitosa cantante de aires exóticos llamada Shakira. A su vez, el otro asesor se embarcaba en un proyecto hipermillonario informático que llamó educar.com. Algo así. Luego todos viajan en comitivas espectaculares prolongando la estética rumbosa del menemismo. Muchos, claro, se les fueron apartando. Vieron que el señor gobernaba con la oreja puesta en un solo lugar: el entorno de sus íntimos. ¿Para qué seguir a su lado? Y así el "viejo" desarmó la Alianza. Algunos creyeron que era un genial Maquiavelo manipulando el destino de sus adversarios en el sentido de la aniquilación. No, el que se aniquilaba era él.

Su estilo oratorio monocorde, su mirada algo ausente, su uso inverosímil de la primera persona intentando exhibir autoridad, lo arrojaron a ese lugar del que no se retorna: el ridículo.
El día del estallido un periodista de TV anuncia: "Antonio De la Rúa está escribiendo el decreto de declaración del estado de sitio y la convocatoria a la unidad nacional". Isabelito tuvo su Lopecito: se llamó Antonito. A quien llamaron Zulemito, porque le gustaban los romances, los viajes y los paraísos de Miami. Al otro, a Aíto, le gustaba trepar, usar el poder que había caído sobre su padre para llevarse el mundo por delante. Fueron herederos del Junior menemista, sin helicóptero ni final trágico. Ni para eso daban. Como tampoco dio Doña Inés para compararse con Zulema Yoma, suprema delirada, armalíos incansable, mujer incómoda a la que un brigadier con un mini-ejército tuvo que expulsar de la quinta de Olivos. No, Doña Inés hizo pesebres, más pesebres y se compró vestidos en Europa, para los cuales, para poder usarlos, se sometió a dietas que la hicieron padecer: pero fue por la imagen de la patria.

Con Isabelito y su gang termina otro triste Presidente "entornado". No hay militares en su final. No lo echaron golpistas sanguinarios sino un pueblo que salió a la calle, harto de los interminables dedos en el culo con que el Poder lo ametrallaba e injuriaba. Hay algo nuevo en la Argentina: entre los cacerolazos y la bronca feroz y justa de los más desangelados, los argentinos voltearon un orden de cosas que los hacía sentir mal, demasiado mal, peor que idiotas, francamente boludos. Así, anoche, en plena calle, un tipo sonríe, me mira y dice: "¿Era hora de que dejáramos de ser pelotudos, no?". Era hora. Y será hora también de otra cosa: de que no volvamos a serlo. Porque ya mismo hay muchas nuevas bandas que se están preparando. Y no me refiero a la presidencial. Sino a que la banda presidencial .-en este país- es una banda que pasa de una "banda" a otra "banda". O sea, la vigilia debe seguir. Que nadie guarde su bronca. Ni sus cacerolas.

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